13 de octubre de 2010

Theatrum: SANTA TERESA DE JESÚS, la madera convertida en arrebato místico






SANTA TERESA DE JESÚS
Gregorio Fernández (Hacia 1576, Sarria, Lugo - Valladolid 1636)
Hacia 1624
Madera policromada
Museo Nacional de Escultura, Valladolid
Escultura barroca española. Escuela castellana





     Una de las principales aportaciones de Gregorio Fernández a la escultura española fueron los nuevos tipos iconográficos de su invención, tanto los referidos a episodios pasionales como a representaciones de nuevos santos, recién canonizados en su tiempo, de los que no existía una imagen de referencia. En este sentido hay que constatar que al gran maestro, de espíritu tan creativo, le tocó vivir unos años muy pródigos en beatificaciones y canonizaciones que propiciaron la demanda de nuevas imágenes destinadas a la exaltación y propaganda de algunos santos por parte de las órdenes religiosas, que vivían con emoción el poder exhibir plásticamente el aspecto y el prestigio de sus fundadores. Entre todos ellos la que tuvo mayor trascendencia en España fue la canonización de Santa Teresa de Jesús en 1622, acontecimiento que en la orden carmelitana desencadenó una petición masiva de obras pictóricas y escultóricas.

Santa Teresa. Gregorio Fernández, 1614. Iglesia del Carmen Extramuros
     Ya desde 1614, año de su beatificación, se había expandido un especial entusiasmo que se tradujo en múltiples sermones y justas poéticas de exaltación teresiana, especialmente en la Corte, donde actuó como mantenedor Lope de Vega y donde participó Cervantes cantando los éxtasis de la nueva beata, según queda recogido en la publicación de hiciera en 1615 en Madrid la viuda de Alonso Martín, con el título "Compendio de las solemnes fiestas que en toda España se hicieron en la Beatificación de N. B. M Teresa de Jesús. fundadora de la Reformación de Descalzos y Descalzas de N. S. del Carmen: en prosa y verso por fray Diego de San Joseph, religioso de la misma Reforma". La popularidad de la beata de Ávila fue tal que el 30 de noviembre de 1617 se solicitó a las Cortes de Castilla que fuera declarada patrona de todos los reinos de España en su calidad de santa, fundadora y escritora, como protectora contra la herejía y como intercesora, propuesta que no llegó a buen término debido a la reclamación del Cabildo de Santiago de Compostela de un título ya consolidado.

     Para celebrar aquel acontecimiento le fue encargada al escultor gallego, asentado en Valladolid desde los primeros años del siglo XVII, una representación de Santa Teresa que actualmente recibe culto en la iglesia del Carmen Extramuros de esta ciudad. En ella Gregorio Fernández ya define la iconografía del modelo que nos ocupa, aunque los pliegues del manto están más atenuados, los estofados de la policromía recubren la totalidad del hábito y el rostro representa a una mujer en plena madurez.

     Sería poco tiempo después, en 1622, tras la canonización de Santa Teresa junto a los santos españoles San Ignacio de Loyola, San Francisco Javier, San Isidro y el italiano San Felipe Neri, cuando se volvieron a multiplicar las celebraciones litúrgicas, procesiones y sermones, comenzando la demanda masiva de imágenes de estos santos, siendo Gregorio Fernández el creador de unos modelos iconográficos de todos ellos que serían repetidamente copiados por toda la geografía española. Es entonces cuando el escultor se manifiesta como un excelente intérprete de la santa carmelita, de la que crea una imagen idealizada en su faceta de escritora, con un libro y una pluma en sus manos, pero sobre todo en un rapto de inspiración divina expresado por el movimiento del hábito y su mirada dirigida a lo alto. A partir de los presupuestos de la talla de 1614 en su taller se realizaron versiones evolutivas sobre el mismo modelo, todas ellas encomiables, diferenciadas entre sí por la edad reflejada en el rostro y por las labores de policromía, unas suntuosas, otras más austeras.

     La soberbia imagen de Santa Teresa que actualmente se expone en el Museo Nacional Colegio de San Gregorio de Valladolid, al que llegó como consecuencia de la Desamortización para convertirse en una de sus joyas más preciadas, fue elaborada por Gregorio Fernández poco después de los festejos de la canonización de la monja abulense, alrededor de 1624 o tal vez al año siguiente, cuando ya es citada en algunos documentos, y estaba destinada al desaparecido convento masculino del Carmen Calzado, vecino al taller del escultor, concretamente para presidir un retablo colocado en una capilla situada en el lado de la epístola de la iglesia, que había sido fundada por el prior fray Juan de Orbea, admirador y amigo personal del artista, con el que ejerció como mecenas recomendando sus obras para otros muchos conventos carmelitanos.

     La santa, de tamaño natural y vistiendo el hábito carmelitano, aparece de pie y en posición de contrapposto, recurso que describe una línea sinuosa que recorre el cuerpo y le dota de movimiento. Sujeta en su mano izquierda un libro abierto minuciosamente tallado y con inscripciones legibles entre las que se aprecia el nombre de Pedro de Alcántara, su confesor, mientras que el brazo derecho aparece levantado y sujetando delicadamente una pluma, con ademán de interrumpir la escritura al tiempo que recibe la inspiración. En definitiva, se representa un momento en que el trance del éxtasis le hace soltar el manto y el libro, lo que es utilizado por el escultor para romper la simetría a través de una original colocación en el frente del manto plegado y recogido a la altura de la cintura.

     El centro emocional de la escultura se concentra en el rostro (ilustraciones 1 y 6), en el que Fernández ha representado a la santa con aspecto intemporal, joven e idealizada, con el habitual diseño oval enmarcado por la toca, con piel tersa, nariz recta, boca entreabierta y la mirada al cielo, siguiendo un estereotipo creado por el escultor que se reconoce en otras de sus representaciones femeninas, tales como la Santa Clara del convento de la Concepción de Medina de Rioseco, la Santa Isabel de Hungría del convento de Santa Isabel de Valladolid, la Santa Escolástica del mismo Museo de San Gregorio, la Virgen de la Quinta Angustia (iglesia de las Descalzas Reales), la Dolorosa de la Vera Cruz de Valladolid y la Magdalena del paso del Descendimiento, serie de rostros que siguen el mismo patrón, con una belleza que no se fundamenta solamente en la finura de las facciones, sino en su componente místico. Además, con el fin de reforzar la expresividad, tiene aplicados ojos de cristal que contribuyen a realzar su naturalismo.

     La figura está tallada íntegramente, lo que hace presuponer su uso procesional. Tanto el manto como la toca caen por detrás en forma vertical, aunque esta última se pliega dejando sueltos dos cabos que permiten al maestro describir unos bordes naturalistas en los que la madera se transmuta liviana y desmaterializada, un portento que muestra a Gregorio Fernández en su mayor plenitud artística (ilustración 4).

     También son destacables las finas labores de policromía, con bellos estofados florales concentrados en las orlas del manto y del peto, lo que no enmascara los colores del Carmelo, en tanto que el rostro y las manos ofrecen carnaciones a pulimento (ilustración 3). Los detalles polícromos se extienden al libro que porta en su mano, donde son apreciables inscripciones relativas a la obra de la gran escritora (ilustración 5). Esta obra maestra marca la pauta en el abandono del gusto por el oro en la policromía a partir del segundo cuarto del siglo XVII, orientándose a un acabado en colores planos y mates con el afán de reforzar el naturalismo de las figuras.

     No hay aquí referencia alguna a las huellas y fatigas físicas de la santa andariega, sino al dinamismo que inspiraba sus escritos y fundaciones, mostrando la maestría de Gregorio Fernández tanto en la representación de las diferentes texturas como en las estudiadas composiciones, que como en este caso, teniendo en cuenta el punto de vista bajo del espectador (sotto in su), hace que la madera emprenda un movimiento ingrávido y ascensional, acorde con la elevación de espíritu de la venerada religiosa abulense, que con el tiempo sería declarada Doctora de la Iglesia.

La festividad de Santa Teresa se celebra el 15 de octubre. 


Informe y fotografías: J. M. Travieso.










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