20 de diciembre de 2013

Theatrum: RETABLO DE SAN MIGUEL, narración ilustrada de la Leyenda Dorada












RETABLO DE SAN MIGUEL ARCÁNGEL
Anónimo, conocido como Maestro de Osma (activo en los años finales del siglo XV y principios del XVI)
Entre 1500 y 1510
Pintura al óleo sobre tabla
Museo Diocesano y Catedralicio, Valladolid
Procedente de Corrales de Duero (Valladolid)
Pintura gótica 
Estilo Internacional con influencia flamenca












San Miguel pesando las almas
El Retablo de San Miguel es una obra un tanto peculiar por diversos motivos. El primero de ellos por no seguir ninguna tipología de retablo convencional, sino concebido tomando como referente los trípticos flamencos tan en boga cuando se hacen estas pinturas, con una escena central y otras laterales, en este caso a dos alturas como equivalentes a las escenas que figurarían en el interior y exterior de las puertas batientes en el caso de haber existido. En segundo lugar por estar pintadas las cinco escenas sobre una única tabla de 1,74 x 1,31 metros a la que después fue superpuesta una mazonería gótica en forma de tracerías lineales que forman arcos apuntados y se combinan con doseletes con forma de arcos conopiales rematados por florones sobre las escenas, finos pináculos separando las calles y cresterías caladas como decoración de los remates, todos estos elementos en dorado sobre fondo azul. El resultado final es un retablo de pequeño formato muy apropiado tanto para oratorios privados como portátiles, dada su facilidad para ser transportado, ajustándose a un modelo extendido por territorios sorianos próximos al Duero.

El Retablo de San Miguel fue recogido en la población vallisoletana de Corrales de Duero y depositado en el Museo Diocesano y Catedralicio de Valladolid para ser preservado para el futuro, después de ser objeto en 1972 de una restauración y limpieza que permitió al historiador Juan José Martín González, por entonces catedrático de la Universidad de Valladolid, su atribución al Maestro de Osma. Este pintor, autor de tablas de excelente factura, toma el nombre del taller que tuvo asentado en Burgo de Osma en los años finales del siglo XV, aunque en los inicios del siglo XVI trabajó en el eje geográfico que transcurre por Corrales de Duero, Langayo, Peñafiel y Berlanga de Duero, momento en que realizó estas pinturas.


Se ha creído encontrar cierta similitud entre los rasgos estilísticos de estas escenas y las miniaturas que aparecen en una serie de cantorales ilustrados en la misma época procedentes del desaparecido monasterio de San Jerónimo de la población salmantina de Espeja, compartiendo características tales como la mezcla del dominio del dibujo con un diseño ingenuo de las escenas, la tendencia a describir con detalle y minuciosidad los objetos, la ornamentación de la indumentaria y el uso de ricos brocados en las ropas y como tapices de fondo, todo ello por influencia de la pintura flamenca llegada a Castilla. Igualmente se aprecian los habituales errores en el uso de la perspectiva al crear los espacios, especialmente en los interiores, el gusto por combinar elementos dorados con otros de color brillante y el uso de rostros ovalados con ojos muy abiertos y expresiones ensimismadas, así como una tendencia a componer escenas diáfanas organizadas en torno a un eje central.


Todo ello dentro de los cánones del estilo gótico internacional, aunque con acusada influencia flamenca, practicando los picados en los nimbos y doseles y ofreciendo como única influencia del penetrante arte renacentista italiano el tamaño monumental de las figuras utilizado y el espacio reservado a la colocación de paisajes abiertos, como tendencia naturalista en sustitución de los fondos neutros o dorados, siempre con la intención de realizar un tipo de pintura narrativa muy expresiva y de fácil comprensión.

En cierto sentido este tipo de pintura presenta analogías a la realizada por Diego de la Cruz, por lo que se especula sobre una posible formación del Maestro de Osma en territorio burgalés. A su vez fue creador de un estilo que encontró seguidores en el Maestro de Espeja y en el Maestro de Roa.

ICONOGRAFÍA DEL RETABLO

San Miguel luchando contra el mal
Toda la iconografía del retablo gira en torno a la figura del arcángel San Miguel, tan presente en el arte cristiano de la Edad Media tanto en su faceta de soldado —milles Christi—, representado como jefe de las milicias celestiales que derrotaron a los ángeles rebeldes, o bien como participante en el Juicio Final en su faceta de psicopompo o conductor de las almas de los difuntos al cielo o al infierno después de haberlas pesado en ultratumba. A partir del siglo XVII, bajo los auspicios de la Contrarreforma, se fomentaría la representación de San Miguel como vencedor de Lucifer, en ocasiones con el maligno representado como un monstruo en forma de dragón, recurso que viene a ser una transposición simbólica del triunfo de la Iglesia Católica sobre la herejía protestante.

Pero, junto a esta iconografía convencional, el retablo presenta tres escenas poco habituales en la hagiografía de San Miguel, en el que con una gran originalidad narrativa se ilustra un pasaje tomado directamente de la Leyenda Dorada de Santiago de la Vorágine, arzobispo de Génova que a mediados del siglo XIII realizó una compilación de relatos hagiográficos sobre 180 santos, mártires y ángeles que fue uno de los libros más copiados durante la Edad Media y con numerosas ediciones impresas tras la invención de la imprenta a mediados del siglo XV, poniendo de manifiesto como en ocasiones los pintores encontraban inspiración para sus temas en célebres obras literarias.

El pasaje está referido a la aparición de San Miguel en el siglo IV en el monte Gárgano (Italia) para expresar su deseo de que en aquel lugar fuese levantado un santuario en su honor. A continuación se exponen las distintas escenas representadas, incluyendo el desarrollo de la fantástica historia recreada por el Maestro de Osma.

San Miguel pesando las almas
La iconografía de la tabla central es la más conocida y convencional. En ella aparece el arcángel San Miguel caracterizado como un soldado medieval, revestido con una armadura metálica y cubierto por una clámide con el interior rojo intenso  —es quien genera el fuego y el calor— y el exterior azul, símbolo celeste. Para que no haya dudas, aparece identificado con una inscripción en el nimbo dorado que reza "Micael Arcángel" y que está realizada mediante picados lustrosos.

Su figura, de rostro sumamente idealizado y andrógino y con grandes alas de fantasía, aglutina sus dos funciones más representadas. En primer lugar aparece atravesando el cuerpo de Lucifer, vencido a sus pies, con una lanza rematada por el símbolo de la cruz. Es su imagen como vencedor del mal tal como aparece relatado en la Leyenda Dorada. El pintor, en un ejercicio de imaginación e ingenuidad, representa a Lucifer retorciéndose, desesperado de dolor, sobre un pavimento de baldosas cuadradas que alternan tonos verdosos. Su cuerpo ofrece un aspecto antropomórfico monstruoso, con una cabeza negra con un largo cuerno en el cráneo, sangre saliendo por las orejas y una gran boca que insinúa un grito con su larga lengua, así como pechos femeninos rematados con garfios, alas de murciélago, un largo rabo y los pies convertidos en garras.

Historia de Gárgano
Al mismo tiempo San Miguel sujeta en su mano izquierda una balanza en cuyos platillos están simbolizadas, en pequeño tamaño y desnudas, las almas de un hombre y una mujer. Es precisamente la presencia del diablo intentando desnivelar el fiel de la balanza lo que incita a San Miguel a atravesarle con la lanza. Con ello se hace referencia a la intervención del arcángel en el Juicio Final para determinar el destino de hombres y mujeres en función de sus pecados o virtudes, una escena muy repetida en el arte medieval y con grandes creaciones en la pintura flamenca (recuérdese a Roger van der Weyden). Igualmente, siguiendo modelos flamencos, al fondo de la escena y ennobleciendo la figura del arcángel, el pintor coloca un tapiz con función de dosel que simula un rico brocado dorado en el que se dibujan cardinas y alcachofas. Todo ello contribuye, a pesar de su ingenuidad, a presentar al arcángel como un noble y elegante joven victorioso sobre el mal y el pecado.


San Miguel luchando contra el mal
Esta escena aparece en la parte superior izquierda y muestra un episodio apocalíptico en el que aparece San Miguel luchando contra el mal, que está simbolizado por la figura de un dragón acompañado de monstruos de horrible aspecto. La escena se ajusta con precisión a la descripción de la Leyenda Doradaél fue que luchó contra el dragón y sus secuaces, los arrojó del cielo y obtuvo sobre ellos una imponente victoria—, salvando con ello a la humanidad representada en este caso por cuatro ingenuas figuras de niños que pierden el equilibrio en el fragor de la batalla. La ambientación espacial también es simbólica. Arriba un celaje azul intenso como referencia al Cielo y abajo la oscuridad con hogueras esparcidas en alusión al Infierno.

En la composición, en la que prevalece la simetría compositiva, el Maestro de Osma hace un ejercicio de fantasía, resuelto con brillantes colores, en la creación de la figura de San Miguel y los monstruos. El primero levitando, revestido de nuevo con armadura metálica, empuñando una espada y un escudo, con alas de gran fantasía, nimbo dorado y aspecto adolescente. Su cuerpo, convertido en torbellino, sigue unas líneas zigzagueantes propias de la pintura gótica. El repertorio de seres malignos recoge la herencia de las escenas apocalípticas de los beatos y las representaciones medievales del Juicio Final.


Historia del pastor Gárgano
Las tres escenas restantes están referidas a la que, según la Leyenda Dorada, fue la primera aparición conocida del arcángel San Miguel. La historia, basada literalmente en el relato de Santiago de la Vorágine, comienza en la escena superior derecha.
El obispo de Siponto sacando la flecha
En el año 390 vivía en la región italiana de Puglia, cerca de la ciudad de Siponto, un hombre que era dueño de rebaños de ovejas y manadas de bueyes y toros que pastaban por las laderas del monte Gárgano, del que el pastor tomó su propio nombre. En cierta ocasión detectó que un toro había desaparecido y salió a buscarlo, hallándole a la entrada de una cueva situada en la cima del monte. Indignado, disparó contra el animal una flecha envenenada, pero una ráfaga de viento modificó la trayectoria de la flecha, que fue a clavarse en el arquero, hecho que causó una conmoción en la ciudad.

Algunos habitantes acudieron ante el obispo para preguntar una posible interpretación de aquel extraño fenómeno y éste les aconsejó ayunar durante tres días y rezar un triduo a San Miguel. Al término de las rogativas, el arcángel se apareció al obispo y le explicó que él mismo había originado la pérdida del animal y que la flecha retrocediera porque había decidido morar en esa cueva, que estaba bajo su protección y custodia. Tras las manifestaciones de San Miguel, el obispo acompañado por los habitantes de la ciudad subieron en procesión hasta la entrada de la cueva, ante la que se postraron y oraron, pasando a convertirse en un célebre lugar de culto al arcángel San Miguel cuando se levantó el santuario.

Poco antes de la ocupación de aquellos territorios por los lombardos (584-774), en el monte Gargano ya se había fundado un santuario dedicado a San Miguel que en el siglo XI fue el origen de la ciudad de Monte Sant'Angelo, en la que en el siglo XIII el rey Carlos I de Sicilia renovaría el santuario existente. Este enclave, que sigue siendo un popular centro espiritual en nuestros días, fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la Unesco el 25 de junio de 2011.

La primera escena de la historia muestra la cima del monte Gárgano y el toro con el nimbo de San Miguel colocado a la entrada de la cueva, con una vista de la ciudad al fondo. En primer plano aparece el arquero en el momento en que la flecha se le clava en el ojo, suceso que comprueban dos testigos presenciales, un noble y un escolta. En la pintura el paisaje cobra un protagonismo determinante, resuelto con peñascos y praderas que buscan un incipiente naturalismo para dar profundidad a la escena, en la que prima el sentido narrativo a través de una composición muy diáfana y ajustada al relato. El Maestro de Osma utiliza una perspectiva analítica muy generalizada en tiempos de los Reyes Católicos, con figuras superpuestas escalonadamente en varios planos y siguiendo las pautas del gótico internacional, que combinan el afán decorativo con la búsqueda de una realidad naturalista.

El obispo de Siponto saca la flecha del ojo del pastor
La original historia continúa en la parte inferior izquierda, donde aparece el obispo de Siponto, sentado en su cátedra, en el momento en que extrae al pastor Gárgano la flecha, siguiendo las instrucciones recibidas de San Miguel, y le bendice en presencia de tres nobles de la ciudad. La escena, que se desarrolla en un interior, adolece de errores de perspectiva en las arquitecturas y el pavimento y utiliza figuras de tamaño monumental, de modo que produce una sensación de abigarramiento de personajes, a pesar de ser sólo cinco los representados.
Consagración de la cueva
La escena acusa fuertes influencias flamencas en el uso de elementos arquitectónicos, en el uso de brocados en la indumentaria y en el dosel de la cátedra episcopal, en los sombreados de la vestimenta blanca del obispo y roja del pastor y en la gama de colores dominantes, siempre con una composición muy elaborada que permite una fácil comprensión del relato, con el motivo central en primer plano.        

Consagración de la cueva al arcángel San Miguel
El final de la historia aparece en la parte inferior derecha, donde se representa una procesión, presidida por el obispo de Siponto, que llega hasta la cueva de la montaña para la consagración de un santuario a San Miguel, siguiendo las instrucciones del arcángel, que aparece simbolizado a la entrada por el toro con nimbo dorado.
Entre caminos agrestes llega el cortejo presidido por una cruz alzada tras la que aparecen el obispo y sus acólitos y varios personajes de la ciudad, de nuevo con acumulación de figuras colocadas en planos superpuestos y reservando el primer plano para el obispo, que aparece lujosamente ataviado de pontifical dando solemnidad al acontecimiento de la fundación de lo que iba a ser un famoso centro espiritual.
En la escena contrastan las elementales soluciones paisajísticas con la minuciosa elaboración de las indumentarias y los objetos bajo la influencia de la pintura flamenca, manteniendo el equilibrio compositivo y un punto de vista elevado que permite contemplar todos los elementos de la ingenua narración, siempre con rostros ovalados, expresiones místicas dotadas de cierta carga poética, pequeños detalles trabajados a punta de pincel, un afán por continuar utilizando los tradicionales elementos dorados y ciertas deformaciones en la concepción de la perspectiva.

San Miguel fue objeto de una veneración muy extendida en territorios españoles desde el siglo X, siendo uno de los patrones de los caballeros templarios. Su representación fue permanente en Valladolid, donde no sólo ostentaba el título de patrón de la ciudad desde su fundación, sino también como patrono de la cofradía de los Escuderos.




Informe y fotografías: J. M. Travieso.





















Santuario de Monte Sant'Angelo en Gargano (Italia)

















Retablo de San Miguel en el Museo Diocesano y Catedralicio














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