4 de marzo de 2016

Visita virtual: SEPULCROS DE DON FELIPE DE CASTILLA E INÉS RODRÍGUEZ GIRÓN, Villalcázar de Sirga (Palencia)





SEPULCROS DE DON FELIPE DE CASTILLA E INÉS RODRÍGUEZ GIRÓN
Anónimo (Antón Pérez de Carrión?)
Último cuarto siglo XIII
Piedra policromada
Iglesia de Santa María de Villalcázar de Sirga (Palencia)
Escultura gótica funeraria





Iglesia de Santa María. Villalcázar de Sirga (Palencia)
Durante la segunda mitad del siglo XIII fueron prolíficos los escultores y canteros que trabajaron en Castilla y León realizando obras para las catedrales, templos del ámbito rural y monasterios, generalmente con un sentimiento heredado del arte románico precedente, al que fueron incorporando las inevitables influencias de la corriente gótica francesa hasta llegar a reflejar en ocasiones el nuevo estilo con una gran pureza. Esto también afectó a la escultura funeraria y en ese contexto de transformación debemos encuadrar los magníficos sepulcros del infante don Felipe y doña Inés Rodríguez Girón que se conservan en la iglesia de Santa María de la villa palentina de Villalcázar de Sirga, que se cuentan entre los mejores realizados en ese periodo1.

Antes hemos de referirnos al sugestivo enclave en el que se asientan los sepulcros, que no es otro que un impresionante templo dedicado a Santa María la Blanca que fue levantado por los templarios, a mitad de camino entre una fortaleza y una gigantesca iglesia colegial. La antigua encomienda de la Orden del Temple en Villasirga (así se denominaba la villa hasta 1661) fue la única del reino de Castilla enclavada al norte de la frontera marcada por el Duero, ocupando un palacio y jardines arrebatados a los árabes en el siglo XI, tras lo cual el conde Gómez Díaz y su esposa Teresa Muñoz establecieron un condado que vincularon al monasterio de San Zoilo de Carrión de los Condes.

Portada de la iglesia de Santa María y de la Capilla de Santiago
El templo, en estilo gótico y con las características de un alcázar, se comenzó a edificar por la Orden del Temple en 1274, cuando finalizaba el reinado de Alfonso X el Sabio, levantando junto a él su propio monasterio (desaparecido) y un hospital (actualmente reconvertido en mesón), así como una cerca defensiva que se extendía por el actual caserío como reflejo del carácter guerrero de la Orden. Ello explica la cantidad de leyendas relacionadas con los templarios que todavía perduran en torno a la iglesia, como la existencia de tesoros ocultos, los secretos que desvelan los rayos del sol en el equinoccio de primavera o los efectos telúricos de las corrientes subterráneas que circulan por el subsuelo, a las que se accede desde el pozo existente en la nave. Todo ello convierte al recinto en un lugar enigmático por excelencia.       

Ubicado en plena Ruta Jacobea, el templo pasaría después a pertenecer a la Orden de Santiago, que en el siglo XIV levantó una capilla, dedicada a Santiago, anexa a la majestuosa portada meridional del templo, un espacio cubierto con bóveda de crucería, iluminado por un enorme rosetón abierto en la fachada y decorado por ménsulas en las que figura el escudo de la Orden de Santiago, su patrocinadora.

Sepulcro de doña Inés Rodríguez Girón
De su historia más reciente hemos de recordar que la iglesia de Santa María la Blanca acusó  los efectos del fatídico terremoto de Lisboa de 1755, que el templo fue declarado Monumento Histórico Nacional en 1919 y que a la capilla de Santiago fueron trasladados en 1936, por decisión de la Comisión de Monumentos de la provincia de Palencia, tres sepulcros que hasta entonces permanecían en la nave del coro, dos de ellos objeto de nuestra atención por sus altos valores artísticos e iconográficos y todos relacionados con los importantes talleres escultóricos que en la Edad Media se asentaron en el entorno de Carrión de los Condes, donde son abundantes los vestigios conservados de los trabajos elaborados en aquellos talleres.

LOS SEPULCROS DEL INFANTE FELIPE DE CASTILLA E INÉS RODRÍGUEZ GIRÓN

Breve semblante de los personajes
Los enterramientos corresponden al infante don Felipe de Castilla y a Inés Rodríguez Girón, su segunda esposa.

Nacido en 1231, Don Felipe de Castilla era hijo del rey castellano Fernando III el Santo y su primera esposa Beatriz de Suabia, figurando entre sus hermanos Alfonso X el Sabio, rey de Castilla y León, don Fadrique de Castilla, ejecutado en 1277 por orden de Alfonso X, y don Manuel de Castilla, padre de don Juan Manuel.

Su crianza fue encomendada por su abuela la reina Berenguela de Castilla a don Rodrigo Jiménez de Rada, que llegaría a ser arzobispo de Toledo. A instancias de su padre, su formación se orientó a la carrera eclesiástica, para lo que fue alumno en París del futuro San Alberto Magno. En 1249 era nombrado Procurador de la archidiócesis de Sevilla por el papa Inocencio IV, que dos años más tarde le designaba como arzobispo de la ciudad andaluza. También ocuparía los cargos de abad de la Colegiata de Santa María de Valladolid, obispo de Osma y abad de la Colegiata de San Cosme y Damián de Covarrubias (Burgos).

En 1258, a pesar de la oposición inicial de su hermano el rey, conseguía la autorización para abandonar la carrera eclesiástica y contraer matrimonio, a propuesta de Alfonso X, con la princesa Cristina de Noruega, hija del rey Haakon IV, que en enero de 1258 llegó a Valladolid, ciudad en la que se hallaba la corte y en la que se celebró el enlace en abril de aquel año.

Por entonces Alfonso X el Sabio concedió varios señoríos y posesiones al infante don Felipe de Castilla, del que algunas fuentes aseguran que ingresó como caballero en la Orden del Temple. En 1261 asistió a las Cortes de Sevilla y en 1269 al enlace en Burgos del infante don Fernando de la Cerda, hijo primogénito de Alfonso X que había nacido en Valladolid, con la infanta doña Blanca de Francia, hija de Luis IX.

En 1262 fallecía en Sevilla la princesa Cristina de Noruega sin dejar descendencia, siendo sepultada en la Colegiata de Covarrubias donde su esposo había sido abad. Don Felipe contrajo nuevo matrimonio con doña Inés Rodríguez Girón, hija de don Rodrigo González Girón, mayordomo de Fernando III. El nuevo matrimonio no llegaría a durar tres años, pues doña Inés falleció en 1265 y fue sepultada en la iglesia de Santa María la Blanca de Villalcázar de Sirga.
Don Felipe de Castilla contraía un tercer matrimonio con doña Leonor Ruiz de Castro, hija de don Rodrigo Ponce de Castro, señor de Cigales, Mucientes y Santa Olalla, y de su esposa, doña Leonor González de Lara. Fruto de este matrimonio nació el infante Felipe de Castilla y Rodríguez de Castro, que murió siendo niño y fue enterrado en la iglesia de San Felices del municipio burgalés de Amaya, donde también recibiría sepultura su madre Leonor.

Fruto de relaciones extramatrimoniales, el infante don Felipe de Castilla tuvo varios hijos: Alfonso Fernández, mayordomo de su tío Alfonso X en 1283, y Beatriz Fernández, monja en el monasterio de las Huelgas de Burgos.

Don Felipe de Castilla murió a los 43 años el 28 de noviembre de 1274, siendo enterrado, junto a su segunda esposa, en la iglesia de Santa María de Villalcázar de Sirga.  
   
Como ya se ha dicho, Doña Inés Rodríguez Girón fue la segunda del infante don Felipe de Castilla. Era una dama castellana hija de Rodrigo González Girón, señor de Frechilla, Cisneros y Autillo de Campos, y de su segunda esposa Teresa López de Haro. Aunque se desconoce la fecha exacta de su nacimiento, se sabe que su muerte se produjo en Sevilla en 1265 y fue enterrada en Villalcázar de Sirga (Palencia).

Los sepulcros
     Los sepulcros del infante don Felipe y su segunda esposa doña Inés Rodríguez Girón aparecen juntos en la capilla de Santiago de la iglesia de Santa María de Villalcázar de Sirga, siendo ligeramente más pequeño el perteneciente a la dama, si bien su estilo delata que fueron elaborados al mismo tiempo y por el mismo autor en el último cuarto del siglo XIII. Junto a ellos también se encuentra el sepulcro de Juan de Pereira, caballero de la Orden de Santiago, que presenta similares características, aunque con decoración más sobria y elaborado en época posterior, alrededor del segundo cuarto del siglo XIV.
Durante mucho tiempo, y así figura todavía en muchos manuales, se ha identificado a la dama con doña Leonor Ruiz de Castro, tercera esposa del infante, aunque el error queda evidenciado por los emblemas heráldicos que decoran el sepulcro, pertenecientes a las familias Girón Cisneros y Guevara Mendoza y no a la familia de los Castro2.

Sepulcro del infante don Felipe de Castilla
Se trata de sepulcros exentos labrados en piedra, con la cama sepulcral descansando sobre seis figuras de leones y grifos recostados, con los frentes labrados con diferentes escenas y rematados por laudas en las que aparecen labradas en relieve las figuras yacentes de los difuntos, siguiendo el arquetipo de la época. Por sus similitudes estilísticas con el sepulcro de Nuño Díaz de Castañeda, que procede de Aguilar de Campoo y aparece firmado, se atribuyen al escultor Antón Pérez de Carrión, inspirador de los célebres claustros de Carrión de los Condes.

El primer sepulcro, colocado a la entrada de la capilla, es el de Inés Rodríguez Girón, con la caja de una sola pieza descansando sobre leones y grifos, cerrada por una lauda labrada con una longitud de 2,50 metros, con una menor anchura en los pies que en la cabecera. Doña Inés aparece ricamente vestida con una larga túnica que le cubre por completo y adornada con cintas recorridas por los blasones de la familia, con un alto tocado ornamentado en la cabeza que se sujeta con un barbuquejo y una cinta rizada que le cubre los labios. Con los brazos cruzados a la altura del pecho, sujeta una panela que es el blasón de los Pimentel, motivo por el que se ha interpretado como un pimiento, especie que sin embargo llegaría desde América siglos más tarde.

La cabeza reposa sobre tres almohadones y sobre la cabeza se yergue un doselete, que se apoya sobre finas columnillas laterales, que adopta la forma de torreones arquitectónicos, motivo que se repite en los enmarcamientos de las escenas laterales y que, al igual que la caída de los paños, fueron concebidos por el escultor de forma vertical. En los laterales, la lauda se decora con una colección de blasones costeros entre los que aparecen algunos con la cruz de los Templarios y otros con corazones.

La cama sepulcral solamente presenta relieves en los laterales, no en la cabecera y los pies. Los magníficos relieves se articulan en forma de arquerías trilobuladas, inscritas dentro de arcos apuntados, que en su interior albergan escenas que representan las ceremonias fúnebres y religiosas de los entierros principescos de aquella época, con la escena central de la muerte de doña Inés, más ancha que las seis laterales, escenas de duelo con la presencia de plañideras y niños que se mesan los cabellos, y el cortejo fúnebre presidido por un obispo con báculo y varios acólitos. Todas las figuras están representadas con un minucioso detalle, en las indumentarias y objetos, y una gran gesticulación, lo que les proporciona una gran expresividad.

En las enjutas de los arcos, siguiendo los modelos utilizados en las miniaturas y como reminiscencia románica, aparecen castilletes y tejados que simbolizan a toda la ciudad. Asimismo, cada cara está enmarcada por un orla en la que se repiten los blasones familiares en relieve, que se alternan con la cruz del Temple. La colocación de leones soportando el sepulcro desvela al espectador el carácter real del enterramiento. Todas las labores escultóricas quedan realzadas por una policromía aplicada en la que prevalecen los tonos rojos, azules y blancos, una paleta limitada pero muy efectista.

El mismo esquema compositivo se repite en el sepulcro del infante don Felipe de Castilla, que presenta aún mayor riqueza, tanto por los detalles del infante como por los relieves laterales que le recorren por completo. Don Felipe, de rostro barbilampiño, también reposa sobre tres almohadones. Viste túnica, manto real y el tipo de bonete ornamentado utilizado por los reyes, con los brazos al pecho, sujetando una espada en su mano derecha y un halcón en la izquierda, acompañándose de un perro, símbolo de fidelidad, recostado a sus pies junto a dos conejos. Como en la figura de doña Inés, su cuerpo está enmarcado por dos columnillas con capiteles sobre los que descansa un dosel con castilletes en la cabecera, con los flancos recorridos por motivos heráldicos en los que se alternan los blasones familiares con las cruces rojas de los templarios.

Las paredes de la cama sepulcral están recorridas por escenas en relieve cobijadas bajo seis arcos trilobulados y amparados por otros apuntados en los laterales y un amplio arco mixto en la cabecera y los pies.
En ellas se repiten las escenas de la muerte, en este caso ocupando toda la superficie de la cabecera, del duelo y del entierro. La narración comienza en la superficie de la cabecera, donde se muestra la muerte del infante, recostado en su lecho y acompañado por su esposa, dos religiosos y cuatro personajes más. Sigue por un lateral con ocho plañideras, la viuda de luto montada a caballo, tres caballeros escoltando a la viuda y el féretro conducido por seis escuderos. Como era costumbre, delante del cortejo desfila el caballo del infante, ricamente engalanado y portando dos escudos invertidos, precedido por un heraldo y un portaestandarte y observado por un grupo de personas que se mesan los cabellos en señal de dolor. Esta escena, situada en la cara de los pies, es uno de los relieves funerarios más expresivos.
Siguen en la cara contigua una escena en la que aparece la viuda acompañada de sus dueñas, damas de honor y plañideras, otra con un grupo de frailes franciscanos, agustinos, cistercienses y benedictinos en actitud de cantar responsos, y finamente el momento del sepelio, con prelados, abades, y sirvientes en torno al sepulcro, mientras reza un oficiante y dos sirvientes colocan la tapa, toda una crónica funeraria expresada con el máximo detalle. Se acompaña de un friso inferior repleto de escudos —42 en total— con las armas del infante y escudos templarios.
Virgen de las Cantigas en la Capilla de Santiago
Peculiar en este sepulcro es la colocación de pequeñas cabezas que se asoman por los ventanales de los castilletes colocados en las enjutas de los arcos y las cuatro figuras de leones colocadas en los ángulos y dos grifos centrales sobre las que descansa el sepulcro, figuras simbólicas de fina labra relacionadas con los bestiarios medievales.

Los sepulcros han sido abiertos hasta en ocho ocasiones, las últimas en 1897, donde se pudo comprobar la buena conservación de la momia del infante, y en 1911, cuando por orden de Isabel II la capa, bello textil del periodo almohade del siglo XIII, junto al birrete y una daga del infante fueron depositados en el Museo Arqueológico de Madrid.

Para terminar diremos que en la misma capilla de Santiago, a pocos metros de los sepulcros, se encuentra la llamada Virgen de las Cantigas o Virgen de Villasirga, tallada en piedra y policromada en el siglo XIII, que representa a la Virgen con el Niño sobre su rodilla izquierda y dos ángeles turiferarios junto a la cabeza. Esta imagen fue cantada en cinco composiciones por el rey Alfonso X el Sabio en Las Cantigas de Santa María, hecho que asentó la celebridad de la villa en la Castilla medieval.                 

Informe y fotografías: J. M. Travieso.



NOTAS

1 DURÁN SANPERE, Agustín y AINAUD DE LASARTE, Juan: Escultura gótica. Ars Hispaniae, Historia Universal del Arte Hispánico, volumen VIII, Madrid, 1956, p.65.

2 PARTEARROYO, Cristina. Conferencia «Indumentaria del infante Don Felipe y de su esposa Doña Inés procedente de los sepulcros de Villalcazar de Sirga» impartida el 10 de marzo de 1994 en el Museo Arqueológico Nacional de Madrid.


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