1 de febrero de 2017

Fastiginia: Este año se cumple el VIII Centenario de la Coronación de Fernando III como Rey de Castilla en la Plaza Mayor de Valladolid

Lápida colocada en la fachada del Ayuntamiento de Valladolid

Estampas y recuerdos de Valladolid

Entre los acontecimientos más relevantes de cuantos se celebraron en el antiguo Valladolid medieval, ya con rango de ciudad, se encuentra la solemne coronación de Fernando III como rey de Castilla en la actual Plaza Mayor el 1 de julio de 1217, un evento histórico que es recordado en una lápida colocada en la fachada del Ayuntamiento vallisoletano y del que este año se cumple nada menos que el VIII Centenario, algo digno de tener en cuenta en una comunidad que la Constitución de 1978 no considera nacionalidad histórica, es decir, con identidad colectiva, lingüística o cultural diferenciada del resto de España, velay.

Era por entonces Valladolid una pequeña población amurallada a orillas del Pisuerga, cuyo señorío había sido otorgado por el rey Alfonso VI de León y Castilla, hacía casi ciento cincuenta años, al conde Ansúrez y su esposa Eylo Alfonso, que no sólo asentaron aquí su palacio, sino que repoblaron la ciudad y levantaron en el caserío la Colegiata de Santa María, la primitiva iglesia de la Antigua y el Puente Mayor, hechos paralelos a un sorprendente crecimiento demográfico y urbano del primitivo núcleo agrario que puede considerarse como una auténtica refundación de Valladolid. Asimismo, solamente habían transcurrido nueve años desde que en 1208 el rey Alfonso VIII de Castilla la nombrara ciudad cortesana, aunque habría que esperar hasta 1255 para que gozara del Fuero Real otorgado por Alfonso X el Sabio.

Fernando III, rey de Castilla y León. Miniatura del Tumbo A
Catedral de Santiago de Compostela
Aunque en la primitiva ciudad el centro neurálgico estaba organizado en torno a la actual plaza de San Miguel, desde principios del siglo XIII ya había adquirido entidad la plaza del Mercado (futura Plaza Mayor), frente a la que pocos años después se levantaría el complejo del convento de San Francisco, protegido y beneficiado por doña Violante, esposa de Alfonso X, una institución decisiva en la vida social y religiosa de la ciudad.

En este contexto de incipientes ferias y actividades gremiales medievales, en la gran plaza próxima al Alcazarejo, hoy corazón de la ciudad, se celebró la coronación de Fernando III como rey de Castilla, un acto solemne que, marcado por las ambiciones y la inestabilidad política del momento, contó con la presencia de su madre la reina doña Berenguela, auténtica organizadora de una trama que, para garantizar la corona castellana, ya le había conseguido proclamar rey de Castilla veinte días antes en Autillo de Campos (Palencia), teniendo lugar la ratificación y la coronación oficial el 1 de julio de 1217 en la plaza vallisoletana.

De este modo, con gran visión de futuro, en este acto doña Berenguela abdicaba a favor de su hijo Fernando, quien no sólo llegaría a ser uno de los más relevantes reyes hispanos por su largo reinado y acertada política, sino el rey que en 1230 llegaría a reunificar definitivamente las coronas de Castilla y León y a reconquistar victorioso las importantes plazas de Baeza (1227), Córdoba (1236), Jaén (1246) y Sevilla (1248), acontecimientos que marcarían el devenir histórico de España durante siglos.

Plaza Mayor, antes plaza del mercado, escenario de la coronación en 1217 
UNA REMEMBRANZA HISTÓRICA DE LOS MOTIVOS DEL ACONTECIMIENTO 

Fernando III era hijo del rey Alfonso IX de León y de la reina Berenguela de Castilla, su segunda esposa. Cuando este matrimonio real realizaba una ruta de Salamanca a Zamora, al llegar a la población zamorana de Peleas de Arriba recalaron en un albergue fundado en la Vía de la Plata por el religioso zamorano Martín Cid para atender a caminantes y peregrinos. Allí nacía Fernando III entre 1199 y 1201, en cuyo recuerdo fundaría el monasterio de Santa María de Valparaíso, según se narra en el Cronicón de Rodrigo de Cerrato, escrito hacia 1276 por este fraile dominico del monasterio de Santa Cruz de Segovia.

De aquel matrimonio Fernando tenía tres hermanas mayores, Leonor, que murió muy pronto, Constanza, que ingresó como monja en Las Huelgas de Burgos, y Berenguela, que casaría con Juan de Brienne, emperador de Constantinopla. Después nacería su hermano Alfonso de Molina, futuro padre de María de Molina. Asimismo, del primer matrimonio de su padre, tenía como hermanastras a las infantas Sancha y Dulce. Todos sus hermanos permanecieron en Castilla junto a doña Berenguela, excepto él, que creció junto a su padre en la corte leonesa.

Caballero con las armas de Castilla y León
Al morir en 1214 Alfonso VIII de Castilla, padre de Berenguela, la corona recae en su hijo Enrique I, aunque por ser niño la titularidad de la regencia es asumida por su hermana Berenguela. Ante esta situación, Álvaro Núñez de Lara, alférez mayor de Castilla, se rebeló usurpando la regia potestad y ocupó varios castillos, obligando a Berenguela a refugiarse en su castillo de Autillo de Campos y a buscar el apoyo de Gonzalo Rodríguez Girón, señor de Frechilla y mayordomo de la reina, aunque la plaza fue sitiada por las tropas de Núñez de Lara y doña Berenguela tuvo que pedir ayuda a su hijo, que acompañado de 1500 soldados consiguió hacer huir al noble rebelde.

Durante esta inestable situación, se produce la muerte repentina del infante Enrique, sucesor al trono de Castilla, hecho que Berenguela oculta a su esposo temiendo sus pretensiones, reclamando la presencia de Fernando con la disculpa de protegerle de los Lara, aunque sus hermanastras Sancha y Dulce trataron de persuadir al rey para que le retuviera. Sin embargo, Fernando logró escapar y reunirse con su madre, que le proclamó rey de Castilla en su castillo palentino, organizando la inmediata coronación oficial en Valladolid al cabo de dos semanas.

Con el consentimiento de Alfonso IX de León, Álvar Núñez de Lara puso cerco a la ciudad de Valladolid, consiguiendo huir el rey Fernando y doña Berenguela a Burgos, siendo saqueadas varias poblaciones vallisoletanas por el rey leonés Alfonso IX, a pesar de los ofrecimientos de amistad de Fernando, rey de Castilla, a su padre. La confrontación quedaba resuelta en el Pacto de Toro (26 de agosto de 1218).

En 1219 Mauricio, obispo de Burgos, presidía una comitiva que llegó a la corte de Federico II de Alemania para concertar el enlace de Beatriz de Suabia, su cuarta hija, con Fernando III, que entregó como dote las villas, castillos y derechos reales sobre Carrión de los Condes, Logroño, Belorado, Peñafiel, Castrogeriz, Pancorbo, Fuentepudia, Montealegre, Palenzuela, Astudillo, Villafranca Montes de Oca y Roa. Tras un largo recorrido de Alsacia a Burgos, pasando por París, Beatriz llegó a esta ciudad castellana, en cuya catedral se celebró la boda el 30 de noviembre de 1219.

Alonso de Rozas. Fernando III el Santo, 1671
Catedral de Valladolid
Al producirse la muerte de Alfonso IX de León en 1230, cuyo trono había otorgado por vía testamentaria a sus hijas Sancha y Dulce, los partidarios de la sucesión de su hijo Fernando no lo respetaron, reuniéndose en Benavente (Zamora) las madres de los aspirantes, Teresa de Portugal y Berenguela de Castilla, con Fernando y los obispos de Santiago y Toledo, siendo firmada la Concordia de Benavente el 11 de diciembre de 1230, por la que Fernando III recibía la corona de León a cambio de una compensación a Sancha y Dulce de 30.000 maravedíes anuales, siendo las tierras incorporadas a Castilla cuando ambas hermanastras murieran. Así se produjo la unificación dinástica de Castilla y León, aunque ambos reinos siguieran conservando sus leyes, sus cortes y sus diferentes instituciones. El documento de concordia era firmado en 1231 por el papa Gregorio IX.

A partir de entonces Fernando III, tras firmar un acuerdo con el rey Sancho II de Portugal para delimitar fronteras y conseguir alianzas contra el Islam, emprendería sus heroicas expediciones por tierras andaluzas, logrando, con la ayuda de aliados y órdenes militares, reconquistar paulatinamente un amplio territorio sureño, figurando entre sus conquistas plazas tan importantes como Cazorla, Trujillo, Montiel, Baeza, Úbeda, Medellín, Jaén, Córdoba, Écija, Osuna, Estepa, Arcos de la Frontera y Sevilla, así como el vasallaje de Abu-Zeid, rey de Valencia.

Fernando III se casaría en segundas nupcias con la francesa Juana de Ponthieu, celebrándose el enlace en la catedral de Burgos en noviembre de 1237. Su madre, doña Berenguela moría en 1246, siendo enterrada en el monasterio de Las Huelgas de Burgos, como sus padres Alfonso VIII y doña Leonor. Por su parte, Fernando III, tras morir el 30 de mayo de 1252, fue enterrado en la catedral de Sevilla, siendo su sucesor como rey de Castilla y León su hijo Alfonso X el Sabio.

Anónimo. San Fernando, finales s. XVII
Iglesia de San Felipe Neri, Valladolid
Pero la figura histórica de Fernando III, de extraordinaria popularidad, aún conocería nuevos tratamientos, como el proceso de canonización instigado desde Sevilla. Tras la acreditación exigida por el papa Urbano VIII y la recopilación de imágenes derivadas de su fama de santidad, realizada por Francisco López de Caro y Bartolomé Esteban Murillo, el proceso se inició en 1649 y culminó con su canonización el 7 de febrero de 1671 por el papa Clemente X, siendo nombrado patrono de muchas poblaciones españolas. En plena efervescencia barroca, sus imágenes de culto se distribuyeron rápidamente por toda España, presentándole en su iconografía, parangonando a San Luis, rey de Francia, con atuendo militar y manto regio, coronado, sujetando un globo terráqueo y su espada Lobera, que en ocasiones es sustituida por un cetro.

También los talleres vallisoletanos crearon sus propias versiones para celebrar su canonización, siendo el creador  de un arquetipo el escultor Alonso de Rozas, del que se guarda una versión en una de las capillas de la catedral de Valladolid. Este modelo después sería imitado, con escasas variantes, por otros escultores, como puede apreciarse en la obra de autor desconocido que se conserva en la iglesia de San Felipe Neri. Estas piezas barrocas, de carácter devocional, en nada responden a la memoria histórica vallisoletana, sino a la espectacular expansión del culto al monarca castellano.






Pedro Roldán. San Fernando, 1671. Catedral de Sevilla



















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